sábado, febrero 24, 2018

“Hojas caídas”, de Liu Qie




 
Ya no se oye el susurro
de las mangas de seda
el polvo cubre la escalinata
los aposentos están vacíos
silenciosos
las hojas caídas bloquean las puertas
por culpa de esta belleza
mi corazón no conoce el sosiego.



en Antología de Poesía China, 2003

Traducción, introducción y notas: Juan Ignacio Preciado










viernes, febrero 23, 2018

"Vocación de carroñero", de Niall Binns







No la emoción en sí
         sino el cadáver de las emociones

No la plenitud del amor sino su pérdida

No la belleza de la mujer deseada
         sino restos de un cuerpo que se pudre
         un rostro disecado en la memoria

No el acto carnal en su sudorosa vibración
         sino el eco de voces que retumban sin tregua
         la sangre seca en el tejido de la piel

No la vuelta al pasado
         sino la permanencia de los monstruos

No el vértigo de la invención
         sino el agrio sabor de lo ya leído

No el encuentro del yo
         sino el murmullo interminable de otros labios

No la viva experiencia
         sino los imprecisos recuerdos de la vida
         de un extraño: la autopsia del cadáver
         de su pobre existencia, en palabras











jueves, febrero 22, 2018

“Francis Bacon o una pila de mierda sobre el pavimento”, de Manuel Illanes




 
No imaginamos qué lengua
podrá hablar con soltura de Aniquilación.
Tartamudea la barragana
apenas roza el pelaje de la bestia,
se sofoca, queda afónica al confrontarla.
El mal. El mal. El mal.
Habría que tragarse las palabras
junto con el músculo palpitante
que las impulsa, que las babea imprecisas;
arrancar las cuerdas vocales
como la maleza que entorpece el grano.
Y gemir, aullar después de todos los tonos
para siquiera modular
el gran silencio que rige tanto espanto.
Dicen que vislumbramos
más que los hombres de la edad de piedra,
pero los brotes de miseria
como los hongos afloran
en los bordes de las grandes avenidas
y se rescatan cadáveres
entre las aguas negras
cada amanecer.
Dicen que la poesía
y sus trabajadores terribles
mantienen viva una llama
encendida en el hígado de Prometeo.
Y sin embargo cabezas expuestas
en el pavimento, el pellejo
de un hombre, su mueca derretida
desvaneciéndose de la página del Alarma:
un desollado como cualquiera
de los que tapizan
el suelo de México.
El mal. El mal. El mal.
Nombres nuevos para un horror innombrable.
Si la voz no es Perseo, entonces
sólo queda el fusil.



en Memorias del inframundo, 2016

Mantra Edixxxiones










miércoles, febrero 21, 2018

"Correr de la noche", de Tiffany Atkinson

Traducción de Silvia Camerotto






Tanto frío
que ni la luna puede digerirlo
ni el muelle en su maloliente oscuridad. Tú
equilibras tu respiración como tazón de hielo
seco. Todo es un error, este cuerpo,
este trabajo, este amor. En algún lugar adentro
allí donde el corazón gira violentamente en su cuerda
hay un animal acechando. Escarba
a la noche, tal vez con un pico o un colmillo,
no es ni bueno ni malo, solo está inquieto.

Tanta lluvia
que ni la colina más profunda puede filtrarla
ni el río con sus branquias abiertas. Tú
llevas tu corazón como un plato lleno de sangre.
Todo es una gran bendición, este cuerpo,
este trabajo, este amor.En algún lugar adentro
allí donde los pulmones expanden sus intrincadas alas
hay un animal acechando. Se retuerce
a la noche y muestra su vientre o sus tiernas escamas,
no es ni bueno ni malo, solo está inquieto.











Contribución indirecta a DscnTxt de Lucesita, digo, Luz María Astudillo
















martes, febrero 20, 2018

"Romance sonámbulo", de Federico García Lorca






A Gloria Giner
y a Fernando de los Ríos

Verde que te quiero verde.
Verde viento. Verdes ramas.
El barco sobre la mar
y el caballo en la montaña.
Con la sombra en la cintura
ella sueña en su baranda,
verde carne, pelo verde,
con ojos de fría plata.
Verde que te quiero verde.
Bajo la luna gitana,
las cosas le están mirando
y ella no puede mirarlas.

*

Verde que te quiero verde.
Grandes estrellas de escarcha,
vienen con el pez de sombra
que abre el camino del alba.
La higuera frota su viento
con la lija de sus ramas,
y el monte, gato garduño,
eriza sus pitas agrias.
¿Pero quién vendrá? ¿Y por dónde...?
Ella sigue en su baranda,
verde carne, pelo verde,
soñando en la mar amarga.

*

Compadre, quiero cambiar
mi caballo por su casa,
mi montura por su espejo,
mi cuchillo por su manta.
Compadre, vengo sangrando,
desde los montes de Cabra.
Si yo pudiera, mocito,
ese trato se cerraba.
Pero yo ya no soy yo,
ni mi casa es ya mi casa.
Compadre, quiero morir
decentemente en mi cama.
De acero, si puede ser,
con las sábanas de holanda.
¿No ves la herida que tengo
desde el pecho a la garganta?
Trescientas rosas morenas
lleva tu pechera blanca.
Tu sangre rezuma y huele
alrededor de tu faja.
Pero yo ya no soy yo,
ni mi casa es ya mi casa.
Dejadme subir al menos
hasta las altas barandas,
dejadme subir, dejadme,
hasta las verdes barandas.
Barandales de la luna
por donde retumba el agua.

*

Ya suben los dos compadres
hacia las altas barandas.
Dejando un rastro de sangre.
Dejando un rastro de lágrimas.
Temblaban en los tejados
farolillos de hojalata.
Mil panderos de cristal,
herían la madrugada.

*

Verde que te quiero verde,
verde viento, verdes ramas.
Los dos compadres subieron.
El largo viento, dejaba
en la boca un raro gusto
de hiel, de menta y de albahaca.
¡Compadre! ¿Dónde está, dime?
¿Dónde está mi niña amarga?
¡Cuántas veces te esperó!
¡Cuántas veces te esperara,
cara fresca, negro pelo,
en esta verde baranda!

*

Sobre el rostro del aljibe
se mecía la gitana.
Verde carne, pelo verde,
con ojos de fría plata.
Un carámbano de luna
la sostiene sobre el agua.
La noche su puso íntima
como una pequeña plaza.
Guardias civiles borrachos,
en la puerta golpeaban.
Verde que te quiero verde.
Verde viento. Verdes ramas.
El barco sobre la mar.
Y el caballo en la montaña.



2 de agosto de 1924





en Romancero gitano, 1928

















lunes, febrero 19, 2018

“En la quietud de la tarde”, de Manuel Magallanes Moure




 
En la quietud de la tarde,
frente a la abierta ventana
que ensombrecían los árboles
de la calle solitaria,

hablamos de mi partida.
Hablamos. La voz cansada
del anciano me decía:
“No se apresure”. Y la franca

voz de la joven señora:
“Quédese aún, no se vaya”.
Yo sonreía con pena,
murmurando: “Gracias, gracias”.

Sólo tú en aquel momento
permanecías callada
mirando los viejos árboles
de la calle solitaria.

Busqué tus ojos y fijos
en la lejanía estaban
y con oculta alegría
los vi anegados en lágrimas.

Llanto leve y silencioso
sobre la aridez de mi alma.
Fue como en campo sediento
onda fresca de agua clara.

Seguía hablando el anciano,
la joven señora hablaba
y yo, mirando el tranquilo
correr de tus lentas lágrimas,

dije con voz temblorosa:
“Me quedo”. Siempre callada,
volviste hacia mí los ojos,
se unieron nuestras miradas,

y en aquel punto, al risueño
repicar de una campana,
en mi viejo corazón
volvió a cantar la esperanza.



en La casa junto al mar, 1918










domingo, febrero 18, 2018

“Bailando a la música de las esferas”, de John Landry

Traducción de Juan Carlos Villavicencio





Vivir para el beneficio
de todos los seres vivos,
la tierra gira
en Re bemol mayor
ni en el pasado viviendo
ni en algún futuro imaginado
los ríos que has cruzado conducen
a más ríos que cruzar
nada ha sido desprendido
todo existe conectado

la polis soy nosotros
después de todo
los individuos
participando
de la riqueza común somos
una reunión de energías
una asombrosa coincidencia de naturaleza
agradecida por la oportunidad
de empezar a sanar de nuevo no a herir

               todo es aquella bisagra sobre la cual
               todo está girando

el calor de la acción se eleva
desde el abono de nuestros sueños
               lo que practicamos
               lo que criamos
                          es donde yacen nuestros valores

la única revolución
es la revolución del corazón
que supera a su propio mantra: cambio cambio cambio
y luego no somos quienes éramos hace un rato

somos un collage de fragmentos
comprometidos por el ímpetu
de la generosa tierra y
del generoso mar

lanzando una superstición en la cuneta
y caminando a través del mito
dando un paso hacia el presente
inclinándose a la luz de la vida
en los ojos de cada uno de los otros











sábado, febrero 17, 2018

“Al sur”, de Wang Tsi




 
Al sur los combates,
al norte, la muerte.
Los que caigan en el campo,
privados de sepultura,
serán presa de los cuervos:
¡No se coman a los héroes!
El que matan en el campo,
privado de sepultura,
tiene los huesos podridos.
Triste es el murmullo del agua,
lúgubre el balanceo de los juncos.
Nosotros combatimos heroicamente
sobre los fogosos corceles,
y cuando caemos, los caballos
yerran a la ventura, relinchando.



en Poesía china, 1960










viernes, febrero 16, 2018

"El bastón", de Besik Kharanauli

Versión de Juan Carlos Villavicencio






Fui un estúpido, perdí mi bastón
hecho de bella y amplia madera de cerezo,
al que sin interés sostenía en mi mano,
desde que nunca tuve miedo a tiempo alguno,
era suficiente –ya había logrado mi objetivo
cuando lo atraje hacia mí– no estaba lejos,
iba en camino a medianoche,
valiente atravesando la oscuridad...
A la orilla del Ioris lo di como ofrenda,
cuando en cuclillas y borracho,
a las hormigas que se arrastraban aquí y allá,
les tendí un ancho puente sobre el agua.










jueves, febrero 15, 2018

“Rotterdam”, de Waldo Rojas




 
Gaviotas sobre la espesura
de mástiles metálicos,
aves tumultuosas de todos los augurios
sobrevuelan el naufragio silencioso del agua
en la tortuosa inmovilidad del hierro.



en Poesía, poesía (antología), 2002










miércoles, febrero 14, 2018

Escena final de Hell or High Water, de Taylor Sheridan






Nota DscnTxt: Si no la vio, no lea este fragmento, obvio. Vea la película AQUÍ


El retirado Sheriff Marcus Hamilton llega a una casa en el campo en donde se encuentra Toby Howard, quien lo espera con un rifle en la mano.

Marcus: ¿Sabes quién soy? (Pausa) Soy el que mató a tu hermano.

Toby: Lo sé. También sé que te jubilaste y estás en propiedad ajena.

Marcus: Tienes derecho a dispararme. Y cargas un arma, qué conveniente.

Toby: Presumo que también tienes una.

Marcus: ¿Puedo sentarme?

Toby: Adelante.

Ambos caminan en paralelo sin dejar de mirarse el uno al otro, hasta que Marcus se sienta en una silla en el porche, mientras cruza las piernas y deja su sombrero texano en uno de sus pies.

Toby: ¿Quieres una cerveza?

Marcus: Claro. Ya no estoy de servicio. (Toby se acerca a un minibar en el mismo porche sin dejar de mirar a Marcus y le entrega una botella. Luego se apoya en un pilar del porche.) Gracias. El clima está agradable, ahora que ha refrescado. (Marcus mira a todas partes, hasta que pregunta) ¿Cómo lo hiciste? No importa. Lo descubriré con el tiempo. ¿Por qué lo hiciste? Sé por qué lo hizo tu hermano, Tanner. Robaba bancos porque le gustaba. Le disparó a mi compañero a 300 metros porque le gustó, lo hizo sentir bien. Si no le hubiera volado los sesos ahora tendría una camioneta nueva, motos de agua, cualquier cosa que se le ocurriera comprar. Lo gastaría todo para tener una excusa para volver a robar. Pero tú no. No veo nada nuevo por aquí excepto por esas bombas para sacar petróleo. Cada una de ellas te da por mes lo que tú y tu hermano robaron de todos los bancos juntos. Ayúdame a comprender. Ayúdame a comprender por qué murieron cuatro personas. Para que pudieras robar dinero que no pareces gastar, ni necesitar.

Toby: ¿Tienes familia?

Marcus: Mi compañero tenía una familia. Una grande. No tienen bombas para sacar petróleo en el patio.

Toby: No maté a tu amigo.

Marcus: Sí, lo hiciste. Al poner todo esto en marcha. ¿Esperas que crea que el tonto de tu hermano planeó esto? No. Esto fue astuto, lo planeaste tú.

Toby: He sido pobre toda la vida. También mis padres, y sus padres. Es como una enfermedad... que se transmite de generación en generación. Se vuelve una enfermedad. Infecta a todas las personas que uno conoce… pero no a mis hijos. Ya no. Todo esto es de ellos ahora. (Pausa) Nunca maté a nadie en mi vida... pero si quieres que comience contigo, adelante, viejo. A ver si puedes tomar la pistola antes de que te vuele del porche.

En silencio de miran fijamente, mientras va llegando un vehículo desde el que descienden sus hijos y ex mujer. Marcus se levanta.

Marcus: Bien... Será mejor que me vaya.

Toby: Oye. Alquilé una pequeña casa en el pueblo. Si quieres terminar esta conversación, te espero cuando quieras.

Marcus: Eso me gustaría. Nos vemos.

Toby: Sí. Pronto. espero. Estoy ansioso por terminar el tema.

Marcus: Nunca terminarás el tema, sin importar qué. Te perseguirá hasta el fin de tus días. Pero no estarás solo, también me perseguirá a mí.

Toby: Si vas a visitarme, tal vez te dé paz.

Marcus: Tal vez. O tal vez yo te la dé a ti.




2016



















martes, febrero 13, 2018

“El viajero”, de Pedro Prado




 
Viajó por todos los países de la tierra y supo que eran mayores las semejanzas internas que las diferencias exteriores que presentaban los pueblos.

Como en su alma anidaba un ave inquieta, deseó partir hacia países desconocidos. Pero ya no había para él países desconocidos y quedó triste, porque el hombre desea novedad.

Ante las cosas nuevas, decía él, estamos despiertos; el hábito aún no nos ciega. Si los niños son hábiles y activos, no lo son por ser ellos los nuevos, sino por serles nuevas todas las cosas. Si con la sangre les legáramos la ciencia adquirida, los niños serían serios y desencantados como los hombres. Viajeros hay que buscan las emociones cambiantes, que permiten rehacer ese aspecto de la niñez.

Las enfermedades lo recluyeron en su casa y desde allí soltaba las palomas del recuerdo. Todas las mañanas paseó por el jardín y por el huerto de su propiedad. Y aquel hombre, que sólo encontraba novedad en las cosas de los países exóticos, principió por preocuparse de los árboles, de las distintas malezas, de los insectos que pasan inadvertidos. Aprendió los nombres de todos ellos y pudo fácilmente distinguirlos. Encontró en esto un placer desconocido y tuvo la certidumbre de que el amor de los viajeros es ayudado por una suerte de miopía. Necesitan novedad, y sólo la encuentran en cosas de bulto: en nuevas costumbres, en ciudades ignoradas, en horizontes que cierran montañas desconocidas. Supo que el placer de viajar por el mundo, o de viajar por el jardín de su casa, estaba relacionado con la potencia de la visión.

Con el pétalo de una flor entre los dedos, observaba las venillas de la sabia que descendían la comba, como arroyos brillantes por la falda de una colina blanca. Imperceptible pelusa cubría el pétalo, a semejanza del musgo de la tierra, y un pulgón verde abrevaba en uno de los arroyos, a la sombra de la colina.

Paisajes nuevos, puros y hermosos, se ofrecieron a los ojos del viajero, y el ave inquieta que anidaba en su alma se hizo sutil y voló vuelos prodigiosos dentro del pétalo de una flor, porque es un sueño aquel concepto que los hombres tienen del espacio.



en La casa abandonada, 1912










lunes, febrero 12, 2018

"El coloso", de Sylvia Plath

Traducción de Juan Carlos Villavicencio







Nunca podré armarte del todo,
restaurarte, pegarte y articularte adecuadamente.
Rebuznos, gruñidos de cerdo y carcajadas obscenas
provienen de tus enormes labios.
Es peor que una granja.

Acaso te consideras un oráculo,
portavoz de los muertos o de algún dios u otro.
Treinta años me he esforzado
por drenar el limo de tu garganta.
No soy la más sabia.

Trepando pequeñas escalas con tarros de pegamento y cubos de lisol,
me arrastro como una hormiga enlutada
por los acres de malezas de tu ceño
para curar las inmensas placas de tu cráneo y limpiar
los desiertos y blancos túmulos de tus ojos.

Un cielo azul fuera de la Orestíada
forma un arco sobre nosotros. Oh, padre, por ti mismo
eres histórico y contundente como el Foro Romano.
Comienzo a almorzar en una colina de cipreses negros.
La antigua anarquía de tus huesos estriados y tus cabellos de acanto

está esparcida como basura por el horizonte.
Faltaría algo más que el golpe de un relámpago
para crear una ruina semejante.
Cada noche me pongo en cuclillas en la cornucopia
de tu oído izquierdo, ajena al viento,

contando estrellas rojas y esas de color ciruela.
El sol se levanta desde la columna de tu lengua.
Mis horas están casadas con la oscuridad.
Ya no oigo el rasguño de una quilla
contra las inexpresivas piedras del embarcadero.




1960



















domingo, febrero 11, 2018

“Las clientas”, de Reina María Rodríguez




 
a mi madre, la modista


Tenía el poema que casi descendía por la bata,
como desciende un animal por la colina, ladeado.
Él me dejaba (como todos) aflojar el hilo a cada rato.
Tomar de nuevo la distancia, sus medidas.
Yo la veía morir, orinar a poquito,
de pie sobre la tela estrujada.

Una mujer pasa con su bastón de empuñadura de plata
(antes ha pasado su mascota abriendo el paso)
y “...no le digas a nadie que estoy desesperada,
amarra la cadena contra el puño, apriétala”.

“Vocación de remendar con esa larga hebra
de los haraganes –diría mi madre-
y tres nudos que se deshacen  en la garganta
contra el hipo”.
Cosas que sirven para una cantidad de males infinitos.
Después, el susto con el vaso al revés sobre la manta
mal zurcida con candelillas frágiles.

La pasión se fue, se escapó al
borde junto a una vieja mascota
sobre tela mojada.



en El libro de las clientas, 2005

Tomado de Luz acuosa (antología), 2015

Ediciones Biblioteca Nacional










sábado, febrero 10, 2018

"Adiós", de Wang Wei

Versión de Juan Carlos Villavicencio





Desmontando, a mi amigo le ofrezco una copa de vino,
y le pregunto a qué lugar se está dirigiendo.
Dice que no ha podido concretar sus objetivos,
por lo que ha decidido retirarse a las colinas del Sur.
Ve ahora, y no me preguntes nada más:
blancas son las nubes que seguirán por siempre a la deriva.