domingo, diciembre 10, 2017

"El tigre", de William Blake

Traducción de Juan Carlos Villavicencio




Tigre, tigre, brillo ardiente
en los bosques de la noche,
¿qué ojo o mano inmortal
pudo forjar tu terrible simetría?

¿En qué cielos o abismos distantes
arde el fuego de tus ojos?
¿Con qué alas se atreve a elevarse?
¿Qué mano se atreverá a tomar el fuego?

¿Y qué hombro y qué arte
pudo torcer los nervios de tu corazón?
Y cuando tu corazón empezó a latir,
¿qué temible mano y qué temibles pies?

¿Qué martillo?, ¿qué cadena?
¿En qué horno estuvo tu cerebro?
¿Qué yunque?, ¿qué temibles garras
se atreven a abrazar sus terrores mortales?

Cuando las estrellas arrojaron sus lanzas
y regaron el cielo con sus lágrimas:
¿sonrió al contemplar su obra?
¿Fue quien hizo el Cordero el que te hizo a ti?

Tigre, tigre, brillo ardiente
en los bosques de la noche,
¿qué ojo o mano inmortal
se atrevió a forjar tu terrible simetría?







en Songs of Experience, 1794
(de la edición de W. B. Yeats, 1905)
























sábado, diciembre 09, 2017

“Ebrio entre las flores”, de Li Shangyin




 
Vagando, en busca de fragancia,
me quedo ebrio en medio de las flores.
Duermo recostado sobre un árbol
hasta que el sol cae.
Los invitados ya se han ido
al salir de mi embriaguez.
Es ya la medianoche.
Con el candelero en la mano
contemplo las flores del jardín
que allí todavía quedan.



en Poesía clásica china, 2001










viernes, diciembre 08, 2017

"Libro", de Jaime Huenún






Sólo puedo leer tu cara, huenún jaime luis,
sietemesino feo, sólo
puedo leer tu mitad hijo,
tu mitad hueso y calavera encarnada
tu débil número negativo
hecho de cuarteada eternidad
                                          y carne.

Sólo puedo leer tu mitad
padre, hermano, aquel
que diariamente sale a conseguir
una mísera ración de estrellas, exiguo alimento
de palabras que no saben todavía ni
siquiera balbucear.

Sólo puedo leer al lado de Otro,
sólo junto a los conjuntos rotos de tu madre,
sólo solitario pero nunca solo,
mal ladrón de la blancura de las Páginas.

Sólo puedo leerte juntando las letras
al pie de un título de un poema de Tu Fu.

Sólo puedo tu raíz falsa, huenún
jaime luis, hombre
o duende porfiado o malo de la cabeza,
sólo puedo leer la mitad
del aire que te hace viejo,
la otra mitad la ganas
con el sudor de tus ojos
y aquello
no tiene explicación en mi
                                       alfabeto.












jueves, diciembre 07, 2017

“Leve”, de María Elvira Piwonka




 
     Ha caído la tarde,
melancolía leve
del alma que se empina
sin saber lo que quiere.

     Vago ensueño de amor
que en nadie se detiene,
enlazado al perfume
de una rosa de nieve.

     Silencio que a hurtadillas
va por la bruma tenue,
escarpines de calma
abandona en la fuente.

     El corazón se repliega
el ala, y se adormece
meciéndose en lo alto
de una ramita verde.

     El sueño que yo sueño,
la tarde lo comprende.



en Llamarlo amor, 1949










miércoles, diciembre 06, 2017

"Las luengas peregrinaciones, ¿hacen a los hombres discretos?". Entrevista a Pedro Lastra, de Enrique Lihn







Llega el momento en que, después de una semioculta estadía en este país, pareces estar con el pie en el estribo, listo para retomar tu trabajo en la Universidad de New York, en Stony Brook. Bueno sería que hicieras un balance de tu permanencia aquí. Empecemos por lo más obvio y lo más difícil. ¿En qué sentido dirías tú que ha cambiado el panorama cultural de Chile en los últimos años?
Semioculta estadía, dices tú, y ahora veo que fue así, tal vez porque el medio propicia estos y otros ocultamientos. No es que uno tenga interés en ocultarse; lo que pasa es que no se dan las condiciones para ser visto: ¿Dónde y para qué? Seguramente estoy contestando a tu pregunta en forma indirecta.

Sí: me parece que esa es una respuesta suficiente. Olvidemos la comunicación en el dominio privado; me consta que has recibido la visita de los pocos amigos de otro tiempo que todavía viven en Chile, y también la de quienes, a título personal, se mueven por entre las líneas fronterizas de la nueva cartografía. En Utopía la Universidad, en tanto «alma mater», recibiría a sus hijuelos peregrinos, aunque más no fuera para preguntarles cómo les ha ido por el mundo. Aquí, como si nada. ¿O es que ya no tienes conocidos en la Universidad?
Uno que otro. Por ejemplo, he visitado a menudo a uno de mis maestros, don Antonio Doddis; pero él es la única presencia que me remite a la Universidad por donde circulé como Pedro por su casa durante diecisiete años, como estudiante y luego como profesor e investigador.

¿Qué diferenciaba esos tiempos de estos?
Eran los tiempos del diálogo, y si ahora puedo hacer algo de algún interés, profesionalmente, lo debo a esos fervores y libertades que permitían y estimulaban la confrontación de todo con todo, desde el minucioso rastreo bibliográfico hasta las divergencias en la interpretación, siempre tan productivas, como se sabe. Y esto, porque es consustancial al trabajo cultural el reconocimiento del otro en su alteridad, lo que implica la aceptación activa de las diferencias. La Universidad es el lugar donde se producen ideas y no hay otra manera de producirlas si no es mediante esa dinámica que puede entenderse como la suma de los principios y de las leyes del diálogo. Mis extrañezas presentes se explican entonces porque yo vengo de aquellas lejanías, que por suerte recupero parcialmente en mi sitio actual de trabajo.

Sí, yo mismo enseñé episódicamente en U.S.A. En 1976 me desplazaba desde la isla de Balboa hasta el campus de la Universidad de California en Irvine, en un bus donde los jóvenes herederos de los discípulos de Marcuse leían a Marx. En ese país, pues, los universitarios que no insisten en desmandarse pueden pensarlo todo y se entiende que esa libertad no pone en peligro el sistema, no es un lujo ni un trabajo clandestino. Hay algo problemático, por otra parte, en el hecho de que el investigador y el creador latinoamericanos encuentren finalmente en los Estados Unidos el reconocimiento que merecen, el sueldo apropiado y los materiales necesarios para su investigación. ¿No lo piensas así?
Es problemático porque pone en evidencia la precariedad latinoamericana y porque es una situación que suele enajenar a las mismas personas que estarían en condiciones óptimas para contribuir a la superación de esa precariedad. ¿Pero cómo ignorar que esta lástima se origina y se perpetúa por una aberración del orden y el predominio de la irracionalidad? Es algo de lo que hemos hablado más de una vez, aquí y allá.

Latinoamérica produce de todo en el campo profesional, desde el maestro Chasquilla hasta el más sofisticado discípulo de Einstein, pero no puede consumir lo que produce en materia de artes y oficios, o en otros casos no quiere hacerlo. A esto se le llama «fuga de cerebros» cuando se pone el acento en el agente exterior —el imperialismo—; pero desde ese punto de vista se olvida que esta anomalía tiene también poderosos agentes internos. Dicho de otro modo: las circunstancias exteriores son ocasiones y no única y exclusivamente causas. Me gustaría ilustrar todo esto con un caso concreto: el tuyo. ¿Cómo y por qué te fuiste a los Estados Unidos? ¿Qué te hacía falta en ese momento?
Vamos por partes. Yo empezaría, eso sí, por anotar esta facilidad que ofrece el apotegma cervantino: «las luengas peregrinaciones hacen a los hombres discretos». Puede que uno alimente la esperanza, tantas veces ilusoria, de adquirir la discreción al precio de sus peregrinaciones, sobre todo cuando ellas solucionan —se diría que en forma estable— las necesidades que ellas mismas crean. Mi primer contrato en los Estados Unidos me permitía iniciar la compra de una casa como esta, lo que mis trabajos en Chile hacía inalcanzable.

Yo pago por esta casa más de un tercio de mi sueldo, y nunca podré iniciar la compra de una casa en Chile a menos que me vaya a vivir al extranjero.
Ya se ve que el intelectual latinoamericano reside en la paradoja, que empieza por la casa que no tiene y que sólo puede adquirir in absentia; pasa por las bibliotecas nacionales, que nunca están completas sino en otra parte (tú recordarás que pudiste terminar tu propio curriculum en la biblioteca de Stony Brook, que no es de las mejor provistas de los Estados Unidos); sigue en lo que se refiere a las publicaciones, congresos y diálogos, a veces muy germinativos: el sexagésimo aniversario de la impresión de dos libros importantes del poeta chileno Vicente Huidobro —y trigésimo aniversario de su muerte— fue celebrado en Chicago. La edición de los varios trabajos que se leyeron entonces también ocurrió allá, y sólo unos pocos lectores de aquí tendrán oportunidad de leer algo que les concierne harto más que a los norteamericanos. Bueno, pero como para mí lo que importa es la averiguación de lo latinoamericano parece que no tengo más remedio que estar fuera de Latinoamérica. Es lamentable que sea así, porque nadie debería abandonar su país o el espacio mayor de su cultura si éstos le ofrecieran la opción de encontrarse realmente con ellos, in situ. En ese sentido, es evidente que el tiempo pasado fue mejor: el de Andrés Bello, por ejemplo, cuyo discurso de instalación de la Universidad de Chile yo releo ahora como una pieza de ciencia ficción o de la literatura de Utopía. Del mismo modo suelo recordar el decreto llamado de «libre comercio» de 1811, que declaraba exentos de derechos «los libros, [...] las imprentas, los instrumentos y máquinas de física y matemáticas». En esa época, en la que haber nacido en otro país latinoamericano no era motivo de rechazo para los vecinos, tal vez yo me hubiera resistido a la mera idea de exilio, por muy voluntario que éste sea. Hasta los exilios del siglo XIX —los que determinaba la barbarie denunciada por Sarmiento— acaso pudieron verse como cambios de habitación en una misma casa, en la que siempre hubo algún quehacer de interés para el peregrino. Y esto se ilustra inmejorablemente con el caso del mismo Sarmiento; pero estos de ahora tienen otro signo: incluyen un borrador junto con la despedida.

A pesar de todo lo que dices, ¿hasta qué punto el exilio —voluntario en tu caso, anterior y totalmente distinto al que emprendieron otros chilenos el 73— no es un trasplante que afecte de algún modo la percepción de lo real y el sentido de una obra? Personalmente, creo que hay algo de casual en el hecho de irse o de quedarse, pero esta no decisión puede tomar en el desarrollo de una obra un carácter de finalidad, en la medida en que, por ominosa que sea —o por eso mismo— la situación se inscribe en la obra y viceversa. ¿Puede ocurrir lo mismo en un país del que no se forma parte y donde uno gira en el círculo del transtierro?
París, situación irregular, es el título de uno de tus últimos libros. Yo debería haber titulado el mío de manera parecida, cambiando lo que hay que cambiar porque mi afuera no es el afuera del tránsito. Doble irregularidad entonces, que instaura en uno la sensación paradójica de ser un sedentario-nómade. Pero yo trabajo allí en un departamento de español en el cual existe un clima de profesionalismo jerarquizado en virtud de méritos efectivos, y en el que mi jefe es nada menos que Elias Rivers, que ocupa ese sitio después de una larga y muy solvente trayectoria académica. Esta parte tan estimable de la cuestión genera sin embargo un desasosiego, cuando esa realidad es proyectada sobre el deseo, trasponiendo esas suficiencias a estas carencias.

Un desajuste de otra naturaleza surge del hecho de que yo enseño literatura hispanoamericana en un medio en el que esa materia no siempre puede ser asumida por todos mis interlocutores como cultura del reconocimiento, aunque sea para todos motivo de un buen aprendizaje erudito. Estos desasosiegos se inscriben inevitablemente en todo lo que uno hace. No sabría precisarlo con respecto a mis escritos poéticos, pero siento sus efectos en otros planos. Por ejemplo (y ahora mismo) no es ajeno a esto que mi percepción de lo que se suele llamar la realidad nacional sea cada día menos complaciente y más sensible a los deterioros de la palabra en el discurso cotidiano de mis compatriotas. Me recuerda demasiado la «neohabla» de Oceanía en 1984 de George Orwell: «La guerra es paz»; «la escasez es abundancia», etc. O la perversión de los principios en su granja famosa: «Todos los animales son iguales, pero algunos son más iguales que otros».

¿Lees los periódicos; eres televidente?
El mínimum indispensable como para corroborar lo anterior. Así es como me he enterado de la flexibilidad desorbitada de ciertos conceptos y palabras, de los que se abusa sin el menor sentido del ridículo: jugadas históricas en el estadio Santa Laura; goles trascendentales; memorables inauguraciones de quioscos, etc., etc. Pero yo soy lector de libros, no de diarios; los sucesos notables son realmente muy pocos y no ocurren todos los días, ni siquiera todos los años. Creer y aceptar lo contrario, como dice Borges, es una superstición.

Como lo diría El Mercurio, mi lectura cotidiana y mi papel de envolver: «La elasticidad de las palabras tiene un límite y pretender que la sola resolución anterior no violenta el principio que se dice mantener incólume, es un rasgo de humor negro».
El Mercurio dice lo que hace. Tal vez debería leerlo; pero de ese peligro me salva el exilio.

Tú fuiste asesor literario de la Editorial Universitaria, desde 1966 hasta 1973, e hiciste publicar muy buenos libros hispanoamericanos en la colección «Letras de América». ¿Qué sabes del libro en Chile, ahora?
Sé que padece un impuesto leonino, que no existía en 1811. Nascimento continúa su antigua tradición, artesanal y solitaria; pero es una golondrina que no hace el verano del libro. En lo demás, mucha papelería oficiosa y una respuesta crítica que con escasas y esporádicas excepciones se sitúa a la misma altura. He visto una sección —sin duda redactada por irresponsables— que se llama algo así como «Mesón Literario», y que contamina con un tufillo de cocinería todo el «espacio cultural». En poco tiempo más tendremos que recurrir otra vez al silabario Matte.

Sin ser optimista, creo que el pesimismo es un texto que brota de los resquicios de las papelerías oficiosas. ¿No crees tú en esa posibilidad?
Sí, es una buena posibilidad, que empieza por ser escritura latente. Cuando se manifieste dará cuenta de la situación.

Es como si viraras un viejo traje de etiqueta, develando la impronta de un cuerpo contrahecho entre los costurones y los parches.
La imagen que no se quiere ver, pero cuya verdad habrá que asumir alguna vez.

Por último, si tú también partieras a la búsqueda del tiempo perdido, ¿te encontrarías en el camino con los Estados Unidos?
Por cierto. Tendría que hacer varios reconocimientos: en ese país he vivido una larga estación en lo que quiero entender como proceso de integración del sujeto que uno desearía ser, como posibilidad y como conducta. Dentro de ese proceso he descubierto —por lo mismo que soy un extranjero— las bondades del robinsonismo y la claustrofilia: he desarrollado en efecto un gran amor por el encierro. Hay otras cosas: la increíble comprobación de ser estimado por mi trabajo en un medio donde ser profesor y escritor es un mérito (y no sólo para los universitarios) en lugar de ser un estigma. Si me exiliara en Chile echaría también mucho de menos la relación respetuosa y abierta con el prójimo que allí se practica. Seguiría visitando además, en sueños, museos y bibliotecas: tratando de avanzar por la espiral del Guggenheim o de leer alguna página de un raro libro en la biblioteca de Harvard.




Santiago de Chile, julio de 1979




en Nostalgia del Silencio (Diálogos con Pedro Lastra)
Marcelo Pellegrini (ed.), Editorial Pfeiffer, 2014



Originalmente publicado en Pedro Lastra o la erudición compartida: 
estudios de literatura dedicados a Pedro Lastra
Mario A. Rojas y Roberto Hozven (eds.). 
México: Premiá Editora, 1988, pp. 63-68.

















martes, diciembre 05, 2017

“El reyno de Chile”, de Carlos Cociña






El agua de los ojos es mucho más allá y viene y crece de la nieve, y es el agua más blanca que la blanca majestuosa montaña. El nombre del agua viene de la nieve y es el nombre del cuerpo, de la carne de los ojos que flota en el líquido que contrae toda el agua de la corriente entre neuronas.

El agua es la masa de los electrones del espacio del agua del cuerpo de los hombres.

El agua nace en la cordillera de los andes, viene por las plantas medicinales de los ríos de chile, hasta ser la saliva y orina del hombre que quiebra el agua petrificada por la presión de toneladas de agua salada.



en Poesía Cero (Antología, Descontexto Editores), 2017 

Originalmente en Posdata, 2, noviembre 1980 










lunes, diciembre 04, 2017

"celos en mi tiempo libre", de Zarah Butcher-McGunnigle

Traducción de Juan Carlos Villavicencio






en silencio tomo mi forma de rectángulo y la doblo en tres
flores falsas comienzan a marchitarse
cuánto tiempo debo esperar para ser abandonada
un verde pálido tan de moda
presionando un naranjo calabaza
una orquídea sin fin








domingo, diciembre 03, 2017

“Triple embriaguez”, de Ibn al-Zaqqāq




 
Llegó a la medianoche, cuya sombra
era igual que su pelo o que azabache.
Copas de vino puro me tendía,
que daban aromático perfume.
Otro nuevo licor vino a añadirse,
prensado por sus ojos, por sus dientes.
Me embriagué tres veces: de su copa,
de su saliva y de sus ojos negros.



en Poesías, 1956










sábado, diciembre 02, 2017

“Carta de la montaña”, de Li Kiu ling







En la región de las nubes espesas levanté mi cabaña.
En el polvo del mundo se pierden ya mis huellas,
me alejo sin cesar.
No me preguntes cómo pasa el tiempo.
Ante mi ventana corre el agua del arroyo,
en la cabecera del lecho me acompañen mis libros…






viernes, diciembre 01, 2017

"La visita eterna", de Julio César Aguilar







a Cecilia


una presencia los balcones ronda
un alguien tras esa puerta, una paloma
que otra vez al patio, a su casa llega; y allí vive
(habría que alimentarla con el sol nuestro de la memoria).
un viento delicado así
rozando las ventanas: un algo que no se va
porque se ha quedado, voluntad de mármol
canción unánime, ¿qué es
lo que hay sino lo que es
y está siempre siendo, y ya no falta?
mansedumbre de aquella tarde, y otra y otra vez
muy desde temprano
hoy comparece
toda firme presencia enarbolándose, mírala
abre la luz y escucha:
con su decir puro de ahora
regando va en el aire apenas
solo para ti estas palabras:







jueves, noviembre 30, 2017

“Clara sombra”, de José Miguel Vicuña




 
Para Eliana Navarro


Hallar tu cabellera en la ventana
de un tranvía que pasa; ver tu risa
iluminada por la mansedumbre
de tus dones gentiles, maternales;
ver el húmedo adiós de tu mirada
cruzando entre confusas muchedumbres
-por avenidas, puentes, ferias, plazas-,
en el mundo poblado extrañamente
por hombres ruines, ávidos, sensuales,
en este mundo lleno de usureros,
de traidores, tahúres y rufianes;
en un mundo de manos angustiosas,
de ojos viles, de caras extenuadas,
clara sombra, buscarte para siempre,
por el lampo de luz en tus pupilas,
por el ritmo de pasos celestiales,
entre el sudor de gordas risotadas
de vendedoras y de ganapanes.



en Edad de bronce, 1951










miércoles, noviembre 29, 2017

"Bernat Metge", de Lucas Margarit







Parte I / Bernat Metge



XV

Padre:
deja las hierbas
y ayúdame a distinguir
el óxido y la costa del mar
la diferencia entre la memoria y
el ritmo del acento

cuando vuelvas con la bendición
busca en el camino
las palmas de mis manos
ahora hambrientas


Madre Agnes:
¿qué haces sola frente al fuego?
ayúdame a distinguir
la vida y su muerte
que a estas horas tengo la vista cansada
por la luz ocre de las velas






Parte III / Próspero y Bernat



VI

Soliloquio de Bernat frente a una montaña

¿qué dios me abrazará como lo guardaba Apolo
entre sus brazos?


¿qué falta para completar ese círculo de nieve y cruces?
si todo demonio se remonta a un esqueleto de reliquias
si todo dios crea su imagen y semejanza
cuando todos los vientos helados se han reunido aquí
frente a tu tumba llena de flores amarillas,
las mismas flores que usabas en tus sombreros de paño

tengo una caja llena de papeles
de profecías perdidas para los árboles
de flores de piedra
una caja con plásticos roídos
y dientes de castores antiguos

tengo todos los retratos de tu cuerpo y
todos los retratos de mi cuerpo
que se juntan aquí invertidos

y el desierto ya no da las respuestas
que explicarían las cruces en la piel

¿cómo existe tanto vacío entre tanta piedad?












Publicado por Buenos Aires Poetry, 2016






















martes, noviembre 28, 2017

“Diatriba contra el Dalai Lama”, de Martín Caparrós




 
Los monjes llegaron cantando, vestidos de naranja: los presagios anunciaban que acaso en ese pueblito encontrarían a la reencarnación divina del decimotercer Dalai Lama, que acababa de morirse. Iban esperanzados: mientras lo velaban, el cadáver del Lama había movido la cabeza para señalar en dirección al este. El pueblito, Takster, quedaba vagamente de ese lado. Los monjes no decían qué estaban buscando, y tenían preparada una trampita: el jefe iba vestido de sirviente, y un sirviente de jefe. En la puerta de la casa de adobe y piedras, el dueño, un campesino, los saludó según las apariencias. Pero Tenzin Gyatso, su hijo de dos años, no se dejó engañar y saludó primero al jefe travestido. Decididamente, ese chico era el Lama reencarnado. Cuando los monjes lo anunciaron hubo lágrimas y fiesta de tambores en el pueblo: en el Tíbet nadie cree que los Reyes Magos sean los padres.

En 1940, cuando cumplió cinco años, el niño Gyatso fue instalado en el Trono del León como Reencarnación de Buda, decimocuarto Dalai Lama, Dios y Rey del Tíbet. La ceremonia fue bonita y cansadora. A veces, el niño G. se aburría en las mil habitaciones de su palacio de Lhasa: solo podía jugar con su hermano y sus mecanos y se pasaba las horas espiando con un telescopio a la gente que caminaba allá afuera. Sabía que cualquiera de sus deseos sería una orden, pero en general no se le ocurría nada, y encima tenía mucho que estudiar. A veces, ser dios puede hacerse un poco largo. Sus súbditos lo llamaban La Presencia —Kundun— o la Gema que Concede Todos los Deseos —Yeshe Norbu— o, más familiarmente, Dalai Lama, que significa Océano de Sabiduría. En Tíbet nunca nadie había visto un océano.

Tenzin Gyatso tenía 15 años cuando los chinos invadieron el Tíbet. Un par de años después, el joven Lama viajó a Pekín para negociar con Mao Tse Tung: era lo que le habían ordenado los espíritus a través de su Oráculo Personal. Pero en marzo de 1959 los tibetanos se hartaron de tanto chino y se lanzaron a la guerrilla y la revuelta; mientras los masacraban, el Lama volvió a consultar a su Oráculo: a través de él, Nechung, su espíritu protector, le diría qué tenía que hacer.

El problema fue que el Oráculo se había vendido a la CIA, según contó, muchos años más tarde. La CIA estaba fomentando la rebelión; cuando se enteraron de que los chinos pensaban secuestrar al Lama o bombardear su palacio, decidieron que lo mejor era alejarlo del lugar. Entonces le prepararon un plan de fuga e instruyeron a Lobsang Jime, el monje que hacía de Oráculo, para que se lo dijera a su rey en nombre del espíritu Nechung:

—¡Vete, vete! Gritó Jime, en trance oracular, y le pasó una hoja con el plan americano. El Lama se escapó a caballo acompañado por un agente de la CIA; desde Washington, el presidente Eisenhower supervisaba la operación por radio. Tras dos semanas, el dios ex rey cruzó la frontera de la India. Mientras tanto los chinos bombardearon su palacio y aplastaron a los rebeldes. El Dalai Lama se había salvado, pero ya no tenía un reino donde ser el dios.

Desde entonces, el Lama vive en Darhamsala, en el Himalaya indio, con su corte de monjes, adivinadores, curanderos, astrólogos y el encargado de hacer llover. Y, durante muchos años, siguió recibiendo dineros de la CIA: en documentos desclasificados hace unos años constan los 180.000 dólares anuales asignados al Lama durante los años sesenta. Eran una parte del millón y medio por año que la CIA les pasaba a los exiliados tibetanos en sus esfuerzos para debilitar al gobierno comunista chino. Además, la CIA daba apoyo a las guerrillas tibetanas con base en Nepal, las entrenaba en Colorado y pagaba cursos e infraestructura para los exiliados. Todo lo cual duró hasta que, a principios de los setenta, Nixon y Kissinger descubrieron que podían aliarse con China contra la Unión Soviética, y dejaron de pagar. Debe haber sido triste para los exiliados. De hecho, después el Lama se quejó de que solo lo usaban para desestabilizar gobiernos comunistas. Pero su "gobierno en el exilio" sigue recibiendo dinero del Congreso americano para que no deje de luchar por "la democracia en el Tíbet": le sirve para mantener abierto un flanco de ataque políticamente correcto contra China.

Quizá por eso, hace unos días, en una charla en Filadelfia, el Dalai dijo que "por supuesto, tengo un gran respeto, en realidad, amor por el presidente Bush, porque es muy franco, muy decidido. Sus intenciones son buenas, pero algunas de sus políticas, a pesar de sus motivaciones sinceras y sus metas correctas, se vuelven irrealistas por la falta de comprensión de la realidad". John Mc Cain no podría defenderlo más, so pena de perder miles de votos por palabra.

El Dalai Lama sintetiza en una sola persona las dos organizaciones más retrógradas: él es dios y rey —depuesto— al mismo tiempo. Como también es un señor muy educado, a veces le da un poco de vergüenza y dice que no es para tanto, pero sus súbditos lo reverencian como tal, y nadie lo eligió: su único título de legitimación viene de aquellos monjes que decidieron que él era la reencarnación de un cadáver que les había hecho señas. A veces me sorprende cómo los grandes líderes del mundo —y los intelectuales, y los periodistas, y tanta otra gente—, que se bañan en democracia todas las mañanas, hablan con semejante respeto y entusiasmo de un dios-rey. En principio parece ser otro efecto de uno de los mitos más difundidos de estos años: el de la Sabiduría del Oriente Milenario.

Tantos occidentales creen en esa Sabiduría Milenaria: especialmente la hindú. Y es extraño: el hecho de que solo los Gandhis (Mahatma, gran líder nacional; Indira, primer ministro; Rajiv, primer ministro) sean asesinados cuando están en la cima no hace de la India un país especialmente no violento. Ni el hecho de que solo la mitad de la población sea analfabeta lo hace especialmente educado. Ni el hecho de que solo tres de cada cinco indios pasen hambre lo hace especialmente espiritual. Pero muchos occidentales siguen considerando sabiduría oriental lo mismo que en sus países llamarían superstición, y ahora el Dalai Lama —dios y rey de un pueblo de montañeses supersticiosos— es su máximo exponente. Premio Nobel, gran conferencista, amigo de todos los poderosos bienpensantes, consejero del mundo, Bueno Universal de nuestros días. Un dios verdadero.

Hace tiempo, una vez que pasó por Manhattan y yo estaba allí, quise ir a escucharlo, pero su oficina de prensa me dijo que no, que su aparición sería solo una "photo opportunity": la chance de sacarle unas fotos.

—De todas formas, no se preocupe —me consoló—. Su Alteza Sagrada viene mucho a Estados Unidos, le gusta mucho venir por acá.

Y cada vez que va es un alboroto. El Dalai Lama llena estadios de 15.000 personas con sus charlas espirituales, los presidentes lo reciben en la Casa Blanca, Hollywood lo reconoce como su héroe favorito.

—Es tan espiritual, tan puro —me dijo un fotógrafo que sí estuvo—. Es como si tuviera un aura alrededor. Se le ve que es un santo.

Tenzin Gyatso es, ahora, el paradigma de la tolerancia, el pacifismo, la democracia. Ha alcanzado, como dice Christopher Hitchens, el "mayor éxito de las relaciones públicas modernas: que la gente no juzgue quién es una persona por sus actos y palabras, sino a sus actos y palabras por quién es esa persona".

Así, el maestro de la tolerancia pudo condenar —por ejemplo— toda una serie de maneras sexuales: "Incluso con la propia mujer, usar la boca o el otro agujero es mala conducta sexual. El sexo entre hombres o entre mujeres es mala conducta sexual. Y usar la propia mano es mala conducta sexual", escribió en su libro Más allá del dogma. Aunque, tolerante, aclaró que "tener relaciones sexuales con una prostituta pagada por uno mismo, y no por una tercera persona, no es una conducta inapropiada".

Así, el maestro del pacifismo pudo decir, cuando los indios detonaron bombas atómicas, que no estaba tan mal: "India no debería aceptar la presión de las naciones desarrolladas que quieren que se deshaga de sus armas nucleares —dijo entonces—. La India ya no es un país subdesarrollado y debería tener el mismo acceso a las armas nucleares que los países desarrollados".

Así, el maestro de la democracia pudo prohibir una de las sectas de su religión. Dorje Shugden es uno de los dioses menores que, durante siglos, fueron adorados por los Lamas y sus seguidores. Pero el Dalai empezó, hace unos años, una campaña contra los seguidores de Shugden so pretexto de que eran "fundamentalistas que coartaban la libertad religiosa". Después los trató de "peligrosa secta de seguidores del demonio", sedientos de oro y sangre, responsables por todos los males que se abaten sobre el Tïbet. Obviamente, los Shugden lo niegan: dicen que el Lama está celoso de su desarrollo en Occidente, y lo tratan de "dictador supersticioso que se basa en oráculos y adivinaciones", que vive "en una corte medieval llena de intrigas, favoritos y hechiceros que tratan de manipularlo". Ni tanto, seguramente, ni tan poco. Pero la discusión está condimentada con episodios de violencia y algunas muertes por puñal; las armas de fuego deben ser desviaciones modernosas.

—Los escritos del Dalai Lama confirman que toma sus decisiones a través de los presagios de los oráculos, la interpretación de sueños y otras formas de adivinación. Considerando que sus actividades políticas, internas y externas, se basan en estos métodos, no debe sorprendernos que en todos estos años de exilio solo haya conseguido convertirse en un ídolo de las estrellas de Hollywood. Además, su espíritu protector, Nechung, es conocido por sus errores. El decimotercer Dalai Lama murió porque Nechung le dio un veneno por error.

Dijo un monje shugden en una entrevista: de tal palo tal astilla.

En las películas, es cierto, le va muy bien. Kundun, de Scorsese, y Siete años en el Tíbet, de Annaud, fueron muestras de este amor hollywoodiano por el Lama. Pero su política tibetana es otro asunto, cada vez más discutido por sus compatriotas. Muchos le reprochan que claudicó ante los chinos, que ya no pide la independencia sino la autodeterminación, que su "parlamento" en Darhamsala no tiene nada de democrático, que se pasa los días de gira por el mundo en lugar de ocuparse de su país, que su discurso no-violento es una concesión al enemigo.

—Entre la confrontación militar y no hacer nada hay una cantidad de opciones para dificultarles la vida a los chinos. Agitación, boicot, huelgas de hambre. Pero el Lama está preso de su propio personaje.

Escribió hace poco un tibetano crítico. Ese personaje se complicó en los últimos meses, cuando la rebelión tibetana lo puso entre la espada y la pared. La cercanía de los Juegos Olímpicos de Pekín parecía favorecer la posibilidad de que los chinos tuvieran que moderar sus impulsos represivos en aras de las relaciones públicas, y estalló la revuelta. Mientras sus "súbditos" peleaban contra los ocupantes, el Dalai peleaba contra la retórica: decía, por un lado, que "se trata de un movimiento popular y yo soy un servidor del pueblo, así que no puedo decirle que haga tal o cual cosa" y, por otro, que "todos conocen mis principios: soy no violento, creo que la violencia es como un suicidio". Pero la violencia aumentaba en su ex país; a mediados de mayo, cuando ya se contaban ochenta tibetanos muertos por las armas chinas, el Dalai decía lo que Pekín quería escuchar —a cambio de no cerrar las puertas para futuras negociaciones—:

—Los Juegos Olímpicos deben realizarse. China merece organizarlos, y el pueblo chino debe enorgullecerse de ellos.

Son las complicaciones lógicas que debe enfrentar cualquier político —pero dicen que su discurso no le ha atraído grandes simpatías en su país, o lo que queda de él—. Mientras tanto, para el resto del mundo, el Dalai Lama sigue siendo un maestro de la paz, la tolerancia, la religiosidad, la democracia, la reencarnación, la sabiduría. Sigue siendo el más bueno de los Grandes Buenos, y el mundo lo reverencia y prefiere no enterarse. Sería molesto: parece que no sabemos bien cómo vivir sin esa gente.



en Soho.com, recuperado el 27 de noviembre de 2017










lunes, noviembre 27, 2017

"Encuentro con la vida", de José María Memet







a Salvador Allende


Qué puede hacer un hombre que está solo
–solo como el mundo me refiero–
sino vivir este combate por la vida
con tanta soledad que crece, aumenta.

Y en el rumbo que toma su mirada que es la nuestra,
nuestro pueblo –no es la herida que se abre
en el país, la llaga inmensa– es más perfecto,
es dejar atrás la muerte allá tan lejos.

Y es aquél su corazón que cae para siempre,
y es aquel que disparando para siempre
amó la patria, y es aquel que en esta muerte

–su sangre en la canción un hoyo enorme–
deja latir un corazón que al beso llega
y que otro hombre necesita en esta lucha.





en La gran marcha y otros poemas, Lima, 2016




















domingo, noviembre 26, 2017

“La nave”, de Carlos Walker Martínez




 
¿Qué rastro deja sobre el mar la nave
que al viento tiende la turgente vela?
¿Qué rastro en el espacio, cuando anhela
alcanzar a las nubes, deja el ave?

Aquella, apenas silenciosa y grave,
de fugitiva luz frágil estela;
y esta, trémulo son que también vuela
como su pluma, indefinible y suave.

Ave en el viento es la ilusión querida;
nave en el mar la dulce bienandanza,
a constantes vaivenes sometida.

¡Ay de quien no aprovecha su enseñanza,
y, en los hondos misterios de la vida,
funda en la humana gloria su esperanza!



en Antología de la poesía chilena, 1961