lunes, noviembre 20, 2017

“Mario Kempes: cigarro en mano, crack del asado y un campeón de la sencillez”, de Paulo Inostroza




 
Fernández Vial planeaba traer el fútbol sala a nuestra zona y en grande. La dirigencia se reunió con Luque y otros ex cracks argentinos. Uno era Mario Alberto Kempes, amigo del DT ferroviario, Pedro Lucio Olivera. Se cayeron un par de jugadores y la idea no prosperó, pero el “Matador” le insinuó al técnico “así como estoy, igual juego en el primer equipo”. Tenía 41 años.

El directivo Jaime Morales llamó a Alberto Bohle, quien estaba en Santiago, en Consejo de Presidentes, peleando para que el torneo de la B fuera para menores de 23 años. El entonces timonel vialino se sorprendió con la idea y su respuesta inmediata fue “hueón, cómo vai a traer a Kempes. Estai, loco”. Había que reencantar a la gente, sacaron cuentas y se lanzaron.
Solo le avisaron a un periodista: Pablo Aravena. Tampoco lo creía y respondió “cómo va a venir Kempes a Vial. ¿Es broma?”. Cobraría 5 mil dólares por partido y solo jugaría en Concepción. Estaba separado de su pareja y tenía algunos problemas económicos. Llegó a las 11 de la mañana y en la tarde era noticia mundial. El canal argentino América le envió un periodista y un camarógrafo para seguirlo todos los días. Vial aparecía en todos lados. Era agosto de 1995.


El hombre 10

Se alojó en el hotel Alonso de Ercilla, en calle Colo Colo. Nazario Morales trabaja ahí hace 34 años y contó que “cuando supe que había una reserva de Kempes fue una cosa extraordinaria. Hasta Don Francisco estuvo aquí, pero en el fútbol Kempes era otra cosa. Con su pelo largo, la campera y una mano en el bolsillo, llegaba saludando con un ‘hola, maestro’ y siempre decía que ‘cualquier problema, hay que dejarlo atrás’. Es lindo que alguien tan grande tenga tan buen trato”. Dice que lo veía contento y que de lo que menos hablaban era de cuando fue campeón. “Como que guardaba su pasado en un cofre porque no le gustaba alardear de sí mismo. Se afirmaba en el mesón y me contaba en qué estaba ahora. Un tipo muy agradable. No comía mucho acá porque todo el mundo lo quería invitar. Encantado, yo igual lo habría invitado a mi humilde casa”, apuntó.

Salir con Kempes era pasear con un artista. En el restorán, el supermercado o la calle, todos querían saludarlo y él los atendía a todos. Fumaba sus John Player Special y el plantel lo esperaba ansioso. ¿Cómo será este campeón del mundo que bajó a la tierra? Justo Farrán, PF de esa época, cuenta que “acá comíamos pura entraña y sobrecostilla al asado, pero Kempes nos enseñó a cocinar asado de tira. Preparaba y le servía a sus compañeros. Así de sencillo”.

Bohle cuenta que “después del primer partido, el ‘Fuma’ (Nelson Contreras) estaba cargando los bolsos para entrar al hotel y Kempes sorpresivamente tomó el suyo y lo llevó al hombro. El utilero le preguntó qué estaba haciendo y Mario le dice: ‘tranquilo, puedo cargar mi bolso’. Los demás, al verlo, se dieron vuelta y cada uno cargó sus cosas”.


Un vialino más

Quiso jugar los partidos de visita y todos los posibles. “Jugó con un edema en el aductor, desgarrado y con una muslera. Si no jugaba, no cobraba. Físicamente, ya no estaba tan rápido, pero era alto y patas largas, tipo Zidane. Un córner suyo era patear un tiro libre al arco. Calzaba como 44 y la pelota zumbaba cuando le pegaba. Nunca vi nada así”, relató Farrán.

Sus goles de pelota detenida ilusionaban a Vial con una liguilla. Wanderers, Audax y Cobresal eran los rivales más fuertes. Kempes falló un penal ante Chandía, de Colchagua, que recibió tremendo pelotazo. Lo expulsaron contra Ñublense, pero fue absuelto en Santiago. “La gente del tribunal le pidió un autógrafo y lo mandaron de vuelta. Cuando jugábamos en otra ciudad, todos me decían: gracias por traerme a Kempes“, repasa Bohle entre risas.

Al Vial le faltaron 5 puntos para pelear el ascenso y Kempes dejó la ciudad, pero donde sea, siempre se acuerda de sus días con la “10” aurinegra, con una sonrisa. Pero más grande es el recuerdo de quienes lo vieron y el orgullo de otros que quizás no. El más grande que jugó en Chile lo hizo en Concepción, hace 22 años, y su camiseta fue la de Fernández Vial.


* Paulo Inostroza P. Periodista de la Ciudad de Concepción. Escritor del libro de cuentos de fútbol: No puede pegar siempre en el palo.



en Loimparcial.cl, 2017










domingo, noviembre 19, 2017

"Frente Amplio: lo lograron", de Óscar Contardo






Beatriz Sánchez nos tapó la boca. El Frente Amplio nos tapó la boca. Primero, dejaron en silencio a las empresas encuestadoras que pronosticaban un delicuescente porvenir para la candidatura presidencial de Sánchez y para muchos de los candidatos del conglomerado. Y no fue así. Luego fue el turno de callarnos a nosotros –periodistas, comentaristas– que confiamos en esos datos técnicos elaborados por expertos como si realmente reflejaran la realidad como un cuerpo que se enfrenta a un espejo. Y no lo hacían. Las encuestadoras prometían una herramienta para describir los acontecimientos y lo que entregaban era un martillo para machacarlos. La elección presidencial y parlamentaria de ayer demostró que el Frente Amplio era mucho más fuerte de lo que pensábamos, que su desempeño estaba mucho mejor evaluado por la ciudadanía de lo que creíamos y que su candidata tenía una fortaleza que en ciertas zonas fue superior al candidato Guillier. ¿Podría haber pasado a segunda vuelta de haber sido otro el escenario, uno menos hostil? Yo creo que sí.

Hoy, lunes 20 de noviembre, el Frente Amplio es muy distinto al conglomerado que era ayer. Ya no son más los novatos de la izquierda, ni los egresados recientes de un campus universitario que los resguardaba del rigor de la política en mayúscula. Ya no se pueden permitir los tropezones de una adolescencia repentina que los tironea entre un maximalismo rabioso y la ansiedad indolente del niñato que lo quiere todo sin hacerse responsable de nada. Ahora la ciudadanía a la que apelaron con tanto ahínco les hizo un guiño, les envió un mensaje: confiamos en su diagnóstico y también en sus propuestas. El electorado parece haberles perdonado las debilidades demostradas durante los conflictos internos, la obsesión por exhibirse en las redes sociales, los arrebatos de moralina escolar, el bochornoso paso por el Mineduc y el fracaso de la Municipalidad de Providencia. ¿Por qué? Tal vez porque a pesar de todos esos defectos, de esa identidad patchwork hecha de tantos núcleos, partidos y movimientos que a veces parecen ser agrupaciones de disgustados más que conglomerados políticos, está la idea de un futuro posible. Algo que se está gestando en contraposición a un algo que se está muriendo, encarnado por la Nueva Mayoría y más nítidamente por la Democracia Cristiana. Es cierto que la seguridad puede ser un valor atractivo, pero cuando se hace absoluto se acerca demasiado a la muerte. ¿Y quién querría votar por un muerto?

Así pueden interpretarse las cifras alcanzadas por Beatriz Sánchez y por los 21 diputados electos hasta ahora (según los datos que tengo a mano mientras escribo esta columna). El Frente Amplio ha logrado hacer una conexión que creíamos que no se produciría. Había razones más allá de las encuestas para pensar así. Basta pensar en el magro resultado que obtuvieron en las primarias y las polémicas absurdas que salpicaron a sus principales líderes. Pero la campaña hizo contacto con las personas, incluso con aquellos que viven más allá de los límites de las comunas más ricas de Santiago con las que se les suele identificar. Ese desafío lo alcanzaron ayer. A partir de esta semana ya no serán mirados del mismo modo   –ni por sus contrincantes ni por sus adherentes–, y lo que decidan hacer de cara a la segunda vuelta no sólo marcará el futuro de ellos, del Frente Amplio. También determinará el futuro de la izquierda chilena y el del país.

Hicieron historia, deben estar a la altura de ese logro.












sábado, noviembre 18, 2017

“Convalecencia”, de Chang Ling Yi




 
Temo mucho por mi cuerpo debilitado.
Así,
me lamento por la fuga de la primavera.
Ardientemente,
ruego al viento del este
que me guarde algunas flores
para la convalecencia.



Siglo XIX

en Poetas chinos, 1958










viernes, noviembre 17, 2017

“autorretrato”, de Paco Souto

Traducción de Juan Carlos Villavicencio





escribo
en una hoja impar
las tres cuartas partes
justas
de mí mismo
agitando a mano el universo
el extraño viaje de irme para dentro

escribo loco
un gesto apenas de osadía
de lo que callo

me inspiré
y hablé

mi mundo siempre será varios









jueves, noviembre 16, 2017

“¿Será que Google nos está volviendo estúpidos?”, de Nicholas Carr




 
Cerebros como computadores
El cerebro humano es casi infinitamente maleable. La gente solía pensar que nuestro tejido mental, esa compacta red de conexiones conformadas por cerca de cien mil millones de neuronas dentro de nuestro cráneo, estaba ya en buena medida consolidada y fija para cuando alcanzáramos la edad adulta. Sin embargo, estudiosos del cerebro han encontrado que ese no es el caso. James Olds, profesor de Neurociencia y director del Instituto Krasnow de estudios avanzados en George Mason University, dice que incluso la mente adulta es “muy plástica”. “El cerebro —según Olds— tiene la capacidad de reprogramarse por sí mismo al vuelo, y alterar por tanto su manera de funcionar”.
Cuando recurrimos a lo que el sociólogo Daniel Bell llama nuestras “tecnologías intelectuales”, es decir, aquellas herramientas que amplían nuestras habilidades mentales antes que las físicas, de manera ineludible empezamos a adoptar las cualidades de tales tecnologías. El reloj mecánico, que entró a ser de uso común durante el siglo XIV, constituye un ejemplo contundente. En su libro Technics and Civilization [Técnicas y civilización], el historiador y crítico Lewis Mumford describe cómo el reloj “disoció o desvinculó el tiempo del acaecer humano y contribuyó a generar la creencia en un mundo independiente de secuencias matemáticamente mensurables”. Así, el “marco general abstracto de un tiempo dividido” se convirtió en “el punto de referencia tanto para la acción como para el pensamiento”.
El tic-tac metódico del reloj contribuyó al surgimiento de la mente y el hombre científico. Pero también nos despojó de algo. Como observó el científico en informática del MIT, Joseph Weizenbaum, en su libro de 1976, Computer Power and Human Reason: From Judgment to Calculation [El poder del computador y la razón humana: del juicio al cálculo], la concepción del mundo que surgió a partir del uso extendido de instrumentos que miden el tiempo “sigue siendo una versión empobrecida de la concepción más antigua, ya que descansa sobre la negación de todas aquellas experiencias directas que eran la base, la esencia misma de la vieja realidad”. Al optar por decidir a qué hora comer, trabajar, dormir y levantarnos, dejamos de escuchar a nuestro cuerpo y empezamos a obedecer al reloj.
El proceso de adaptación a las nuevas tecnologías intelectuales se refleja en las cambiantes metáforas a las que recurrimos para explicarnos a nosotros mismos. Con la llegada del reloj mecánico, la gente empezó a pensar que sus cerebros funcionaban “como un reloj”. Hoy, en la era del software, hemos empezado a pensar en el cerebro como un aparato que funciona “como un computador”. Pero los cambios, nos advierte la neurociencia, van mucho más allá de la mera metáfora. Gracias precisamente a la plasticidad de nuestro cerebro, la adaptación también ocurre a nivel biológico.
Internet promete llegar a tener efectos de largo alcance sobre la cognición. En un ensayo publicado en 1936, el matemático británico Alan Turing comprobó que un computador digital, que por entonces sólo existía como máquina teórica, podría programarse de manera que cumpliera las funciones de cualquier artefacto capaz de procesar información. Y eso es lo que estamos viendo hoy. Internet, un sistema informático muy poderoso, está subyugando la mayoría de todas nuestras otras tecnologías intelectuales. Se está convirtiendo en nuestro mapa y reloj, nuestra imprenta y máquina de escribir, nuestra calculadora y nuestro teléfono, nuestra radio y televisión. Cuando la red absorbe un medio, dicho medio se recrea a imagen y semejanza de la red. Inyecta el contenido del medio a través de hipervínculos, anuncios parpadeantes y otras baratijas digitales, rodeando así el contenido con el contenido de todos los otros medios que ha absorbido. Un nuevo correo electrónico, por ejemplo, puede anunciar su llegada mientras ojeamos los últimos titulares en el portal de un diario. Y el resultado es que dispersa nuestra atención y disipa nuestra concentración.
La influencia de la red no termina en los márgenes de la pantalla. Al tiempo que nuestras mentes se ponen en sintonía con la enloquecedora colcha de retazos que es internet, los medios tradicionales se ven obligados a adaptarse a las nuevas expectativas de la audiencia. Los programas de televisión agregan textos y anuncios móviles, y revistas y periódicos reducen la longitud de sus artículos, introducen resúmenes encapsulados y atiborran sus páginas con trocitos fragmentarios de información fáciles de ojear a la ligera. Cuando, en marzo de este año, The New York Times optó por dedicar la segunda y tercera páginas de todas sus ediciones diarias a resúmenes de artículos interiores, su director de diseño, Tom Bodkin, explicó que dichos “atajos” le brindaban al lector agobiado por la prisa una “degustación” rápida de las noticias del día, evitándole así el “ineficaz” método de pasar unas cuantas páginas y leer los artículos enteros. Los viejos medios no tienen más remedio que jugar siguiendo las reglas de los nuevos medios.
Nunca antes un sistema de comunicación ha desempeñado tantos papeles en nuestra vida —o influido tanto en nuestra manera de pensar— como lo hace hoy internet. Con todo, y a pesar de lo mucho que se ha escrito sobre la red, muy poco se ha ponderado el asunto de cómo nos está reprogramando. La ética intelectual de la red es, en este sentido, extremadamente poco clara.

¿Inteligencia artificial?
Google ha declarado que su misión es “organizar toda la información del mundo y hacerla universalmente accesible y útil”. Pretende desarrollar “el buscador perfecto”, el cual define como una cosa capaz de “entender de manera exacta qué queremos decir y darnos de vuelta exactamente lo que queremos”. Para Google, la información es una especie de materia prima que puede explotarse y procesarse con eficacia industrial. A mayor número de fragmentos de información a los que podamos acceder, y a la mayor rapidez con la que podamos extraer su esencia, más productivos seremos.
¿Dónde termina todo esto? Sergey Brin y Larry Page, los talentosos jóvenes que fundaron Google mientras terminaban sus doctorados en ciencias informáticas en Stanford, hablan con frecuencia de su deseo de convertir su buscador en una inteligencia artificial, una especie de máquina a lo HAL [1], que pueda conectarse a nuestro cerebro. “El buscador último, supremo, el no va más de los buscadores, sería como la gente inteligente… o quizá más inteligente”, dijo Page en una alocución hace un par de años. En una entrevista en 2004 para Newsweek, Brin dijo: “Con seguridad que, si tuviéramos toda la información del mundo directamente conectada a nuestro cerebro, o a un cerebro artificial más inteligente que el nuestro, estaríamos mejor”.
Con todo, su suposición más bien facilista de que “estaríamos mejor” si nuestro cerebro tuviera un complemento, o si fuera reemplazado por una inteligencia artificial, resulta inquietante. Sugiere creer que la inteligencia es el producto de un proceso mecánico, una serie de pasos que pueden ser aislados, medidos y optimizados. En el mundo al que accedemos cuando estamos en línea, hay poco espacio para el matiz de la contemplación. En Google, la ambigüedad no constituye un umbral para el conocimiento y la intuición, sino que se convierte en un virus que debe ser remediado y expulsado.
Quizá soy un exagerado: después de todo, así como se da la tendencia a glorificar a ultranza el progreso tecnológico, también se da la tendencia contraria a esperar lo peor de cada nueva herramienta o máquina. En el Fedro de Platón, Sócrates lamenta el desarrollo de la escritura. Temía que, a medida que la gente empezara a confiar y depender de la palabra escrita como sustituto del conocimiento que solía tener en su cabeza “[esta misma gente] dejaría de ejercitar la memoria y pronto se tornaría olvidadiza”; y debido a que estaría en capacidad de “recibir una buena cantidad de información sin la debida instrucción, se consideraría muy entendida siendo, en el fondo, una masa ignorante”. Es decir, “serían seres llenos de presunción de sabiduría, pero no de sabiduría auténtica”. Sócrates no estaba equivocado: la nueva tecnología sí tuvo a menudo los efectos que él temía. Pero fue un poco miope: no pudo anticipar las muchas maneras en las que la escritura y la lectura contribuirían a la divulgación de información, a propagar nuevas ideas y a extender el conocimiento humano (si bien no necesariamente la sabiduría).
La llegada de la imprenta de Gutenberg en el siglo XV, desató otra ronda de pánico. Al humanista italiano Hieronimo Squarciafico le preocupaba que el fácil acceso a los libros condujese a la pereza intelectual e hiciese que los hombres “estudiasen menos”, debilitando así sus facultades mentales. Otros alegaban que los libros y pasquines impresos y baratos minarían la autoridad religiosa, mancillarían el trabajo de estudiosos y escribas, y propagarían la sedición y el libertinaje. Una vez más, como señala el profesor Clay Shirky de la Universidad de Nueva York, “la mayoría de los argumentos en contra de la imprenta fueron acertados, incluso clarividentes”. Pero, una vez más, también, los profetas del juicio final no fueron capaces de ver ni imaginar la miríada de bendiciones que la palabra impresa iba a repartir y suministrar.
De manera que sí, más vale mostrarse escéptico con mi escepticismo. Quizá quienes hoy desestiman a los críticos de internet como nostálgicos, terminen por tener la razón y así, a partir de nuestras hiperactivas mentes saturadas de datos, tal vez surja una nueva edad dorada de descubrimiento intelectual y sabiduría universal. Con todo, repito una vez más, la red no es el alfabeto y, aunque quizá reemplace a la imprenta, produce algo completamente distinto. El tipo de lectura en profundidad que se promueve mediante una secuencia de páginas impresas es valiosa no solo por el conocimiento que adquirimos de las palabras del autor sino por las vibraciones y resonancias intelectuales que tales palabras desencadenan dentro de nuestra mente. En los silenciosos espacios que la sostenida y concentrada lectura de un libro posibilita, realizamos nuestras propias analogías, sacamos nuestras propias conclusiones, originamos nuestras propias ideas. La lectura profunda, como alega Maryanne Wolf, no se puede distinguir del pensamiento profundo.
Aquella escena de 2001 no me abandona, me ronda. Y lo que la hace tan conmovedora y tan extraña es la emotiva reacción del computador ante el desmantelamiento de su mente, su entendimiento: su desesperación a medida que sus circuitos van desplomándose, su desconsolada súplica infantil al astronauta: “Lo estoy sintiendo. Tengo miedo” y su posterior retorno a lo que no podemos menos que llamar: “estado de inocencia”. La intensa emanación de emociones de HAL contrasta con la fría insensibilidad que caracteriza a los personajes humanos de la película. En el universo de 2001, la gente se ha hecho tan parecida a las máquinas, que el personaje más humano termina siendo una máquina. He ahí la esencia de la oscura profecía de Kubrick: en tanto empezamos a depender de los computadores para entender el mundo, es nuestra propia inteligencia la que se achata, convirtiéndose en inteligencia artificial.

Nota:

[1] HAL: AL 9000, cuyo nombre es un acrónimo en inglés de Heuristically Programmed Algorithmic Computer (Computador Algorítmico Programado Heurísticamente), es una supercomputadora ficticia de tipo mainframe (computadora madre, o central), que aparece en la novela 2001: Una odisea en el espacio, escrita por Arthur C. Clarke en 1968, cuya versión fílmica fue dirigida por Stanley Kubrick.


en http://www.revistaarcadia.com [Consultado el 16 oct. 2017]








miércoles, noviembre 15, 2017

"Por ínsulas extrañas", de Clemente Riedemann

Lugarejo de Carelmapu, atardecer del 3 de junio de 1643






Ingresamos por entre farellones verdes
hacia un mar de islas separadas entre sí
apenas por el ancho de tres naves.

Desde la orilla, reunidas en torno a unos pedernales,
nos hacían señas las gentes.
Voceaban una lengua desconocida por este Almirante.

Comían de algunos peces dispuestos sobre los leños ardientes.
Estaban desnudos, a pesar de la ventisca.
No parecían sufrir, aunque lucían miserables.

¿Cómo os copuláis y parís críos en medio de estas soledades?–,
pregunté, nervioso, desde el puente, más que nada
para impedir que la compasión me asediase.

¿Cómo es que os agarráis a la vida, pendejos,
ignorantes del esplendor y los perfumes?





en Coronación de Enrique Brouwer, 2007























martes, noviembre 14, 2017

“Tos de perro”, de Delia Domínguez




 
Voy a decir aquí
Que tengo tos de perro
Para que alguien busque
            Flores pectorales
Y prepare un té caliente con malicia
Y me emocione hasta los huesos,
como ese día lejano
casi perdido en los cajones
cuando bajábamos del cerro
y hablamos en secreto
emboscados en la complicidad de los aromos.
Pero la tos de perro es verdadera
Como todo lo que sale en este verso
Y mi pecho –si quieres saberlo-
Es una caja de resonancias
Donde silba el invierno,
y estará de Dios que me resigne
a esperar que alguna mano
haga hervir la tetera y me llene
de aromas esta casa, este pecho,
que necesita amor y compresas de franela
y cosas terriblemente reales,
como una voz
o el arco sumiso de tus brazos
para afirmar la noche.



en Poesía chilena viva (Antología), 2016

Ediciones Tácitas










lunes, noviembre 13, 2017

"Árboles", de Howard Nemerov

Traducción de David Villagrán





Ser un gigante y mantenerlo en silencio,
permanecer en tu lugar;
defender la presencia constante de un proceso
y parecer siempre el mismo;
ser firme como roca temblando siempre,
con la dura apariencia de la muerte
y la suave, fluida naturaleza del crecimiento,
de uno mismo engañosamente blindado,
de uno mismo vulnerable en apariencia;
ser tan rudo y recibir tan bien la luz,
regalando conocimiento prohibido
de tantas cosas sobre el cielo y la tierra
para las cuales de otra manera no tendríamos palabra—
Los poemas o la gente rara vez son tan agradables,
e incluso cuando tienen grandes cualidades
tienden más a decir que a ejemplificar
lo que ellos creen de sí mismos,
mientras que del batiente silencio de los árboles,
en calma o en tormenta, con hojas o desnudos,
día y noche, sacamos conclusiones sobre nosotros,
sostenidos e ignorados como nuestro aliento
y también un riesgo —ya que nunca ha habido
un árbol crítico— de la naturaleza de las cosas.







en Mirrors and windows, 1958

















domingo, noviembre 12, 2017

“Epitafio”, de Thomas Gray




 
Aquí descansa su cabeza en el regazo de la Tierra
un joven desconocido para la fama y la fortuna.
La certeza no cuajó en su humilde cuna
y la melancolía lo marcó como suyo.

Grande fue su ganancia y sincera su alma,
el Cielo lo recompensó enormemente;
él dio a la miseria cuanto tenía: una lágrima
y el Cielo le dio lo que él deseó: un amigo.

Sin buscar exponer sus méritos
o mostrar sus debilidades desde su morada
(Todas ellas descansan en trémula esperanza)
en el seno de su Padre y de su Dios.



en Elegía sobre un cementerio de aldea, 1751










sábado, noviembre 11, 2017

"Anhelo eterno", de Bai Ju-yi

© Versión de Juan Carlos Villavicencio






Ver fluir al río Bian
y luego ver fluir al río Si.
Un viejo ferry avanza perdido entre las olas.
Las colinas del Sur reflejan mi aflicción.

Se extiende mi anhelo sin fin,
mi pena se hace infinita.
Hasta que mi esposo vuelva, entonces,
me quedaré sola en este balcón iluminado por la luna.








viernes, noviembre 10, 2017

“Parabola del que no se ciñó los lomos ni encendió lámpara alguna”, de Jorge Torres Ulloa




 
Probame, domine, et me: ure renes
meos et cormeum.
Salmos: 26-2

Aposentado allí
donde se forma ocultos designios,
las pasiones violentas se encienden,
puede el maestro saltar de gozo
al escuchar su voz en el discípulo,
(también estremecerse ante la apostasía).
Lugar sustraído a las miradas
de los hombres, en donde sólo

ÉL
      escudriña

(“emblema de la potente fecundidad
de las celestes inteligencias”)
allí, en el exacto, en el mismísimo
ha quedado traspasado por la prueba.



en Poemas renales, 1992








jueves, noviembre 09, 2017

“Alias Grace”, de Margaret Atwood

Fragmento




Éste es el noveno día que me siento con el doctor Jordán en esta habitación. No han sido días seguidos, pues los domingos y algunos otros días él no ha venido. Yo antes contaba desde mis cumpleaños, más tarde conté desde mi primer día en este país, después desde el último día de Mary Whitney en este mundo y después desde aquel día de julio en que ocurrió lo peor y después de aquello conté desde mi primer día en la cárcel. Pero ahora cuento desde el primer día que pasé en el cuarto de costura con el doctor Jordán, porque no siempre se puede contar desde la misma cosa; es demasiado aburrido y el tiempo se estira cada vez más y se hace insoportable.

El doctor Jordán se sienta frente a mí. Huele a jabón de afeitar, del inglés, y a espigas y al cuero de sus botas. El olor me tranquiliza y siempre lo espero con ansia, los hombres que se lavan son preferibles en este sentido a los que no lo hacen. Lo que hoy ha colocado sobre la mesa es una patata, pero aún no me ha preguntado nada, o sea que la patata está ahí entre nosotros. No sé qué espera que diga de ella, como no sea que he pelado muchas a lo largo de toda mi vida y también las he comido, una patata temprana con un poquito de mantequilla y sal, y perejil si lo hay, es una delicia, y hasta las viejas se pueden cocer de maravilla, pero no son nada sobre lo que pueda mantenerse una larga conversación. Algunas patatas tienen cara de niño pequeño o de animales y una vez vi una que parecía un gato. Pero ésta parece simplemente una patata, ni más ni menos. A veces pienso que el doctor Jordán anda un poco mal de la cabeza. Aunque prefiero hablar con él sobre las patatas, si tiene este capricho, que no hablar con él en absoluto.

Hoy lleva un corbatín distinto, de color rojo con puntos azules o azul con puntos rojos, un poco llamativo para mi gusto, pero no puedo quedármelo mirando para saberlo. Necesito las tijeras y las pido; después él quiere que empiece a hablar, así que le digo: hoy terminaré el último cuadro de este quilt, después coserán todos los cuadros y lo acolcharán; es para una de las hijas del alcaide. Es un modelo Cabaña de Troncos.

Un quilt Cabaña de Troncos es algo que todas las chicas deberían tener antes de la boda: significa el hogar; y siempre contiene un cuadro de color rojo en el centro, que simboliza el fuego del hogar. Me lo contó Mary Whitney. Pero eso ni lo menciono, pues no creo que le interese por ser algo demasiado corriente. Aunque no más corriente que una patata.

Él pregunta: ¿qué coserás cuando lo termines? Yo le contesto: no lo sé, supongo que ya me lo dirán, no cuentan conmigo para el acolchado, yo sólo hago los cuadros porque es un trabajo muy delicado y la esposa del alcaide dijo que ocuparme en coser cosas tan sencillas como las del penal, las sacas del correo, los uniformes y demás, sería desaprovecharme; pero de todos modos acolcharán el quilt por la tarde y será una reunión festiva y a mí no me invitan a las fiestas.

Y él insiste: si te hicieras un quilt para ti, ¿qué motivo elegirías?

Bueno, ahí sí que no tengo la menor duda; sé la respuesta. Sería un Árbol del Paraíso como el que la esposa del concejal Parkinson guardaba en su arcón; yo solía sacarlo con la excusa de ver si necesitaba algún remiendo sólo para admirarlo: era precioso, todo confeccionado con triángulos; los de las hojas eran oscuros y los de las manzanas eran claros, una labor muy primorosa, con unas puntadas casi tan diminutas como las que hago yo; pero en el mío el ribete sería distinto. El ribete del quilt de la señora Parkinson era el de la Caza del Pato Salvaje y el mío tendría dos ramas entrelazadas, una de color claro y la otra de color oscuro, «ribete de parra» lo llaman, como los zarcillos de las parras que adornan el marco del espejo del salón. Sería muy trabajoso y llevaría mucho tiempo; aunque si el quilt fuera mío y sólo mío, estaría dispuesta a hacerlo.

Pero lo que le digo a él es otra cosa. Le digo: no lo sé, señor. A lo mejor, un Lágrimas de Job, un Árbol del Paraíso o una Valla en Zigzag, o quizás un Rompecabezas de Solterona, porque ahora soy una solterona, ¿no le parece, señor?, y desde luego lo mío es un rompecabezas. Esto último se lo dije en broma. No le di una respuesta sincera porque decir lo que realmente quieres trae mala suerte y entonces no ocurre lo que deseas. Puede que no ocurra de todos modos, pero para estar más segura tienes que procurar no decir lo que quieres o no querer nada, pues te pueden castigar por eso. Es lo que le sucedió a Mary Whitney.






1996









Traducción de María Antonia Menini


















miércoles, noviembre 08, 2017

“Aves”, de José Miguel Ibáñez Langlois




 
Me visitan las aves,
viene el cuervo del arca a desgarrar
mi cadáver sobre el barro.
Comerá de mis huesos,
nacerán en el cuenco de mis ojos
sus oscuros descendientes.
Y serán mil miradas
hacia todos los vientos repartidas
en memoria de mi raza.
Me visitan las aves,
la paloma del arca sobrevuela
mi desértica heredad.
En mi frente se posa,
en el hueso donde hinca sus raíces
la verde oliva que torna.
Y será un pensamiento
en recuerdo de mi alma, su aleteo
de verde paz bajo el cielo.



en Poetas de la universidad (Antología), 1972

Ediciones Nueva Universidad










martes, noviembre 07, 2017

"La proximidad del tsunami", de Rodolfo Reyes Macaya

Dos fragmentos





3. Hay una historia. Empieza mal. Habrá un repunte tarde o temprano ¿Quién promete un final feliz? Me dejaron con el propósito de cuidar a Nerón. Quise irme y dejar diminutos recuerdos a mi paso. Pude haberme ido. Mis amigos a veces mandan sus poemas. No los leo. Necesito mantenerme a flote.





31. Irene vino a verme. Me trajo un libro de regalo. Dijo que era suyo. Es decir que lo había escrito ella. Le dije que lo iba a leer, pero no es cierto. Se llama Es suficiente mirar una pared. Casi inexistente. Más o menos 50 páginas. Dijo que era una historia sin atractivos, sonando como el crujir de una rama en un bosque donde no hay nadie.





(de: II. es suficiente mirar una pared)






2015















lunes, noviembre 06, 2017

“No me avergüences”, de Josefina Licitra




 
Fui a ver a mi hijo a una clase de natación. Era una de esas muestras abiertas en las que los padres somos invitados -más bien obligados- a participar. En la pileta había seis niños de entre ocho y doce años, de los cuales Joaquín, mi hijo, era el menor. El mayor era uno llamado Ramiro, y Ramiro jugaba sucio. Ramiro tiraba agua en la cara de sus compañeros para ganar los juegos y tenía el trazo de esas criaturas que hostigan al prójimo en la escuela. Pero no voy a detenerme en eso sino en lo que sigue: Joaquín tuvo que competir con él. Promediando la clase, la profesora llevó al grupo al fondo y puso a todos en duplas para jugar carreras. Joaquín y Ramiro quedaron juntos. Miré esos cuerpos impares y me encomendé al mito de David y Goliat. Entonces dieron la señal de largada.

Los niños se zambulleron y empezaron a nadar. Me quedé inmóvil. Los veía avanzar por el fondo como peces gráciles buscando la superficie. Hasta que emergió uno y luego el otro, y empezaron a bracear con urgencia. El tiempo desapareció en mí; sentí un mareo en las rodillas. Tenía el cuerpo tenso y reclinado hacia delante como si esa gradación del torso fuera a ayudar a mi hijo a levantar velocidad.

Funcionó, o no sé qué pudo haber pasado. Lo cierto es que Joaquín empezó a adelantarse al otro niño. Su nado era limpio y poderoso, y estaba libre de desesperación. Joaquín braceaba con madurez, como si uniera tenazmente los puntos de un mapa. Así llegó a la meta y así ganó, por lo que me emocioné y grité su nombre y di unos saltitos ridículos. Ese era mi hijo. Necesitaba celebrar lo que acababa de ocurrir. Así que me tiré al agua y fui hasta la otra punta y una vez allí me acerqué y le di un beso y le dije cosas bonitas. Entonces él miró a los costados.

-No me avergüences -susurró.

Creí que había entendido mal.

-¿Cómo?
-Que no me avergüences -repitió con discreción-. Por suerte pareció que me dijiste un secreto.

Joaquín me hablaba como si estuviera pasándole un código a un agente encubierto. "No me avergüences". Tenía que procesar esa idea. Todo empezó a girar. ¿Era yo un bochorno para mi hijo? ¿En qué momento había empezado eso? ¿Duraría para siempre? ¿Todos los hijos se avergüenzan de sus padres? ¿Eso es lo más sano del mundo? ¿Quién es el idiota que lo dice? Las preguntas me ahogaban. A mi lado la profesora daba nuevas instrucciones y movía sus brazos rollizos (un día escribiré algo sobre las profesoras de natación y su insólito sobrepeso), pero yo ya estaba en esa cueva inmensa en la que a veces me encierro.

"No me avergüences". No recordaba a qué edad había sentido la primera vergüenza de mis padres. Con mi padre no había crecido y mi madre trabajaba todo el día, así que estimé que ese evento iniciático habría ocurrido con mi abuela. Ella siempre pedía descuentos cuando íbamos de compras. Yo aguantaba todo pacientemente hasta que una vez, en la verdulería, ella pidió un "descuento por cantidad", seguido de un "descuento de jubilada", seguido de un "descuento de vecina", y yo dije, por lo bajo, "por favor, basta". No sé si me escuchó, pero sé que en ese instante decidí que a los negocios yo entraría con mi abuela, pero fingiría estar sola.

Nunca pude decirle "no me avergüences" -mi abuela era, y sigue siendo, una mujer de carácter-, pero varias décadas después, en la pileta, pensando en Joaquín y en aquellos años míos pude sospechar que ese pedido de mi hijo, como el que tantos otros niños hacen a sus padres, era todo lo opuesto a la voluntad de hacer daño: era, al fin y al cabo, el reclamo por una soledad digna. "No me avergüences" era el nombre de un deseo que luego se aprende a acallar en la adultez, y que en el caso de Joaquín -y seguramente de muchos otros- ni siquiera era nuevo. Algunos días atrás, cuando íbamos caminando por la calle mi hijo ya me había dicho algo en ese sentido.

-Tómame una foto de espaldas -había dicho-. Quiero hacer como que estoy caminando solo.

Así que accedí a su pedido y apreté el obturador. Luego miré la imagen. En el cuadro estaba Joaquín avanzando por la acera un mediodía en una zona comercial. Pero también podía verse otra cosa. Se veía su orgullo y su felicidad henchida; se veía su cuerpo que todavía siento pequeño y se veía el modo en que su mundo se expandía mientras él se lo ganaba con un paso limpio y poderoso, libre de desesperación, como si estuviera uniendo tenazmente los puntos de un mapa.



en Emol, 21 de enero de 2014